No habían pasado ni dos días desde mi partida de Buenos Aires. Casi ni había aún conocido la ciudad, ni había siquiera tenido la posibilidad de sentir el viento patagónico en mi cara que ya me había cruzado con Rachel.
Fue durante una excursión marítima que había partido desde el Puerto Brisighelli. Recuerdo la vista de la ciudad a lo largo de su costa, hasta llegar al Canal de Beagle. También recuerdo los pájaros revolotear sorbre el faro Les Eclaireurs llendo en dirección a la Isla de los Lobos.
Pero fue llegando a la Isla de los Pájaros, y mientras contemplaba facinado los cormoranes imperiales que la vi a ella: Rachel. En ese momento fue que ella apareció en mi vida, que nuestros caminos se cruzaron y que sin saberlo aún, mi camino, dejaría de ser mi camino para pasar nuestro camino.
Sobre la cubierta de la embarcación ella me pidió permiso para sacar una foto, en inglés claro, ella no hablaba más que su lengua nativa.
Mi corazón se detuvo y ella tuvo que insistir:
- “Excuse me!”
Y segundos más tarde:
- “Excuse me, pleeease!”
Ahí, en ese momento reaccioné, y ahí ya soñe con que nuestros caminos se enlazaran. Pero sólo me moví, y la dejé sacar la foto.
Un rato más tarde navegabamos a través del Paso Chico, de regreso a Ushuaia y ella disfrutaba la bella vista del Monte Martial. Yo sólo la contemplaba a ella.
Y fue recién al final del trayecto que me animé a hablarle…
…hablamos, y caminamos, no nos separamos por varios días.
